En los últimos años, la idea de que nuestras bacterias intestinales podrían ser las responsables de diversos trastornos neurológicos ha ganado una popularidad asombrosa. Se ha vendido como la «pieza que faltaba» para entender el neurodesarrollo. Sin embargo, ahora la ciencia nos explica qué hay detrás de este entusiasmo excesivo: una revisión crítica publicada en la revista Neuron advierte que no existe evidencia sólida para afirmar que las alteraciones de la microbiota intestinal y el autismo tengan una relación de causa y efecto, desmontando lo que muchos daban por sentado.

Un castillo de naipes metodológico

El artículo de opinión analiza exhaustivamente los tres pilares que sostenían esta hipótesis: estudios en humanos, experimentos con ratones y ensayos clínicos. Las conclusiones de los expertos son tajantes al señalar que esta literatura está plagada de fallos conceptuales y metodológicos que socavan cualquier afirmación de causalidad.

Según explica en declaraciones al Science Media Center de España el Dr. Toni Gabaldón, profesor de investigación ICREA y jefe del grupo de Genómica Comparada del Instituto de Investigación Biomédica (IRB Barcelona) y del Barcelona Supercomputing Centre (BSC-CNS), las diferencias encontradas en el microbioma de personas autistas son «inconsistentes, de escasa magnitud y pueden reflejar consecuencias del trastorno (por ejemplo, diferencias en dieta o comorbilidades gastrointestinales) más que causas». Es decir, es muy probable que las personas con autismo tengan una microbiota distinta simplemente porque su dieta es diferente, y no al revés.

El peligro de las falsas esperanzas

Uno de los puntos más críticos de esta revisión es la advertencia sobre cómo la industria y ciertos sectores de la prensa han exagerado resultados preliminares. Esta interpretación apresurada de las correlaciones —confundiéndolas con pruebas de causa-efecto— está siendo aprovechada para promocionar productos cuya eficacia no ha sido comprobada.

  • Estudios limitados: El bajo número de participantes en las investigaciones impide sacar conclusiones generales.
  • Modelos animales inadecuados: Los resultados en ratones no son directamente trasladables a la complejidad del neurodesarrollo humano.
  • Industria de probióticos: Existe el riesgo de que se vendan suplementos generando expectativas irreales y costosas en las familias.

Rigor frente a especulación

Aunque el autismo tiene una base genética compleja, los investigadores no cierran la puerta a que el intestino juegue algún papel, pero insisten en la necesidad de una investigación mucho más rigurosa y escéptica. «Las pruebas de causalidad siguen siendo hipotéticas y difíciles de demostrar», subraya el Dr. Gabaldón, quien aboga por la prudencia absoluta.

La relación entre la microbiota intestinal y el autismo sigue siendo un campo de estudio fascinante, pero la ciencia actual nos recuerda que una coincidencia no es una explicación.

Preguntas y respuestas

¿Causan las bacterias intestinales el autismo? Según el análisis publicado en Neuron, no hay evidencia científica sólida que demuestre que los cambios en la microbiota intestinal sean la causa original del autismo.

¿Por qué algunos estudios dicen que hay una relación? Existen correlaciones, pero estas podrían deberse a factores secundarios, como la dieta selectiva o problemas gastrointestinales comunes en personas con autismo, y no a que las bacterias originen el trastorno.

¿Son útiles los probióticos para tratar el autismo? Actualmente no hay pruebas de que los probióticos tengan una eficacia real para tratar los síntomas nucleares del autismo, y los expertos advierten contra el uso de tratamientos no contrastados.

¿Qué papel juega la genética en todo esto? El autismo tiene una base genética muy fuerte. Los cambios en el microbioma podrían ser una consecuencia del estilo de vida o un factor secundario, pero no el origen del trastorno.

¿Se debe dejar de investigar la microbiota? No, pero los científicos instan a realizar estudios mucho más grandes y mejor controlados para poder distinguir qué es una causa real y qué es una simple coincidencia estadística.

Por Karla Islas Pieck
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Imagen: ©Freepik

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