Comparte este artículo:

Hambre, cólicos, un pañal mojado, la necesidad de compañía… son algunas de las razones por las que el llanto del bebé interrumpe el ya escaso descanso de la madre en medio de la noche.  Y ciertamente, se trata de causas muy válidas.  Pero un biólogo evolucionista de la Universidad Harvard, ofrece una perspectiva diferente que tiene que ver con comportamientos ancestrales desarrollados para aumentar la supervivencia. 

El llanto es la forma más directa de comunicación entre el bebé y su madre.  Llora para llamar tu atención a sus necesidades, ya sea hambre, o el deseo de sentirse protegido en tus brazos.  En Vida y Salud hemos comentado ampliamente sobre el tema ya que el llanto del bebé es de por sí, una de las preocupaciones principales de cualquier mamá (y de papá por supuesto),  especialmente si eres primeriza.

Pero imagina por un momento que el bebé, inconscientemente por supuesto, pudiera tener “otras intenciones” al levantarte de la cama por la noche y hacer que te sientas exhausta al día siguiente.  Nada menos que intentar retrasar la concepción de un hermano al agotarte a ti y evitar tu ovulación. Es lo que sugiere el biólogo evolucionista David Haig, de la Universidad Harvard,  en un informe publicado en el medio profesional Evolution, Medicine and Public Health.

¿Te parece exagerado?  No, si tratamos de verlo desde este punto de vista.  Hace miles de años, nuestros ancestros no disponían ni de los recursos ni de la seguridad de los que disfrutamos en la vida moderna. En las épocas en que los recursos alimenticios eran escasos, un bebé tenía mayores probabilidades de supervivencia si los padres esperaban más tiempo antes de engendrar más hijos. Y aquí es donde entra en juego el llanto nocturno: cuanto más tiempo dedicara mamá a atender a las necesidades de la alimentación del bebé durante la noche, menos energía tendría para encuentros sexuales que trajeran como consecuencia otro embarazo.  Como doble seguridad, el movimiento de succión durante la lactancia, servía para retrasar la ovulación, interrumpiendo de momento la fertilidad de mamá (es cierto que la lactancia retrasa la ovulación pero no es un método confiable para evitar un embarazo no deseado).

La antropóloga Holly Dunsworth de la Universidad de Rhode Island, considera esta hipótesis como interesante, pero no cree que cubra la amplia gama de beneficios que la alimentación nocturna implicara tanto para la madre como para el bebé, ya que deja fuera el elemento afectivo, de protección, de afecto y de cercanía.

Por su parte, la bióloga evolucionista Katherine Hinde, de la Universidad de Harvard, señala que los bebés aprendieron a llorar de noche en un proceso evolutivo, hace miles de años, en los que los hábitos de sueño no coincidían con los actuales.  Nuestros antepasados, que eran cazadores y recolectores, tenían horarios de trabajo y descanso mucho más flexibles e impredecibles, no se compara con nuestras jornadas actuales que son fijas y con una expectativa de sueño de 6 a 7 horas seguidas cada noche.

Como bien admite, Haig, el propulsor de la idea, es prácticamente imposible de probar en la actualidad que su teoría sobre el llanto nocturno del bebé sea cierta.  Pero sí ofrece a los padres la confianza de saber que esa criaturita, aparentemente indefensa, es capaz de adaptarse y sobrevivir en varios entornos.

Mi consejo es que no desatiendas el llanto del bebé y busques su causa. Y te deseo que llegue pronto el momento en que el bebé duerma más horas seguidas durante la noche y te permita disfrutar de unas cuantas horas más de sueño (venga o no en camino un futuro hermanito).

Imagen © Thinkstock / Purestock

Comentarios