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¿Alguna vez te has preguntado el ejercicio te hace comer más? No estás solo. Unos científicos investigan nuestra respuesta a la comida y cómo se ve modificada por la actividad física. Específicamente la respuesta en un área del cerebro conocida como “sistema de gratificación a la comida”. Sigue leyendo para que te enteres de lo que han descubierto.

Durante el ejercicio liberamos serotonina, que influye en nuestro estado de ánimo y que además regula nuestro consumo de alimentos; la dopamina, que es la encargada del placer, que ayuda a evitar la búsqueda de otras fuentes satisfactorias menos saludables como los dulces, el tabaco o las drogas; y las endorfinas, que son un analgésico natural y reducen el dolor, la ansiedad y el estrés. Aunque, cabe decir que de acuerdo a estudios realizados en el Brookhaven National Laboratory no es 100% seguro que los humanos liberen dopamina durante el ejercicio aeróbico, esto se demostró únicamente en animales.

Los científicos especializados en estudiar el cerebro pensaban que los cambios en estas hormonas eran responsables de nuestro deseo de comer o no comer después de realizar una actividad física intensa. En realidad, lo que comemos depende de una variedad de factores.

Recientemente, los científicos han estado investigando cómo el ejercicio altera el área del cerebro conocida como “sistema de gratificación a la comida”, el área que controla si nos gusta y queremos comer después de hacer un esfuerzo físico importante.

Un estudio realizado en la Universidad Brigham Young ha demostrado que el ejercicio no te hace comer de más.

En un estudio publicado en Medicine & Science in Sports & Exercise, los investigadores James LeCheminant y Michael Larson evaluaron a 35 mujeres: 18 tenían un peso normal y 17 tenían obesidad clínica. Ellas participaron voluntariamente en el experimento para determinar su motivación en relación a la comida.

Estas mujeres caminaron rápidamente durante 45 minutos en una caminadora una mañana. A la hora de terminar el ejercicio, se les realizó un electroencefalograma, (un estudio que mide la actividad eléctrica del cerebro) mientras se les mostraban una serie de 240 imágenes, de las cuáles 120 eran de comida y 120 eran de flores (que servían como control).

Se repitió el mismo experimento una semana después, el mismo día de la semana y a la misma hora, pero esta vez sin que hicieran ejercicio. Además, se les pidió que llevaran un registro de todo lo que habían comido y de su actividad física en los días en que se realizó el experimento.

Los investigadores encargados del experimento querían ver si la obesidad era una influencia que motivaba el consumo de alimentos. Sorpresivamente las mujeres pasadas de peso en el experimento no comían de más en los días que hicieron ejercicio “para compensar” las calorías que habían quemado durante la actividad física. Es claro que hubo un rol importante del ejercicio en su respuesta neuronal.

En las otras mujeres, la actividad cerebral era mucho menor al ver las imágenes de comida tras la sesión de ejercicio, mientras que los días que no se practicaba la rutina de caminadora, la actividad se incrementaba.

Eso mismo encontraron unos científicos que estudiaron a 30 jóvenes (hombres y mujeres en sus veintes, activos y de peso sano) en dos sesiones en un laboratorio en la California Polytechnic State University en San Luis Obispo. Evaluaron los cerebros de los voluntarios con estudios de resonancia magnética funcionales (o IRM). El estudio fue parecido al anterior pero en vez de subirse a una caminadora se subieron a una bicicleta estacionaria, esperaron una hora y se sometieron al estudio de resonancia magnética mientras veían imágenes en una computadora y esto sucedió en una ocasión cuando habían realizado ejercicio y en otra, cuando no habían realizado ejercicio.

Los resultados mostraron que las áreas del cerebro que se consideran “el sistema de gratificación a la comida” que incluyen la ínsula, putamen y opérculo rolándica, que controlan cuando nos gusta y queremos comida, se activaban más en las personas que no habían estado haciendo ejercicio especialmente con los alimentos altos en grasas y llenos de azúcar.

Pero lo interesante es que quizá el cerebro no funcione igual en todas las personas. Un estudio publicado en The Journal of Obesity en el que se incluyeron a 34 personas obesa encontró que cuando se les seguía por 12 semanas en un programa supervisado para bajar de peso, la pérdida de peso variaba mucho. El estudio estaba diseñado para que perdieran 500 calorías por sesión y podían comer lo que quisieran. Al finalizar las 12 semanas, 20 personas bajaron 11 libras en promedio, pero 14 personas sólo bajaron una o dos libras. Los que no perdieron peso tenían una respuesta muy alta en el sistema de gratificación a la comida, mientras los otros no.

El autor de este estudio dice que el ejercicio pueda tiene un impacto en el sistema de gratificación a la comida, pero depende de la persona. Sin embargo, piensa que se requiere más investigación que quizá haya cierto tipo de ejercicio o cierta cantidad de ejercicio que sea más efectivo para controlar el apetito en algunos personas que en otras y que no hay que darse pro vencido.

Otro estudio publicado en la revista Obesity Review revela que el aumento en los niveles de actividad física se asocian con una mejoría en la calidad de la alimentación diaria.

Según unas investigaciones del Dr. Miguel Alonso de la Universidad Harvard/MIT, la actividad física facilita conductas alimenticias que a su vez encaminan a dietas mucho más sanas.

El ejercicio hace que nuestro cerebro capte las señales fisiológicas de saciedad, lo que influye en un mejor control de lo que comes.

También encontraron que la actividad física regular produce cambios en nuestra función cerebral que nos hace menos impulsivos e incrementa el auto control que nos ayuda a no caer en hábitos alimenticios que son poco saludables.

Según la Dra. Debra Wein, de la Universidad de Massachusetts en Boston, las células de nuestro cuerpo están literalmente hambrientas por obtener energía después de hacer ejercicio, ya que han usado las reservas de carbohidratos.

Según ella, si lo que quieres es perder peso, no debes pasar mucho tiempo sin comer después de hacer ejercicio. Ella recomienda comer un refrigerio alto en carbohidratos y bajo en proteína (como yogurt con una fruta, o un sándwich de crema de cacahuate) en el transcurso de la primera media hora. Dice que esperar demasiado para tu siguiente comida puede aumentar tu deseo de comer de más. Y, dejar de comer después de hacer ejercicio puede ser contraproducente.

Algunas recomendaciones si quieres perder peso

  • No comas comida poco saludable después de hacer ejercicio para “darte un gustito” por el esfuerzo que acabas de realizar. Piensa que haber corrido durante 1 hora te hizo perder 500 calorías como mínimo, 1 café mocha frappucino con todo y la crema batida tiene exactamente la misma cantidad de calorías.
  • Registra todo lo que comes durante una semana. Según los investigadores anotar todo lo que comemos nos hace más conscientes y podemos ir disminuyendo las cantidades. Esa barrita de granola a la mitad de la mañana y el pedazo de pastel por la tarde, también cuentan.

Y recuerda, mientras encontramos todas las respuestas acerca de lo que controla el apetito en el cerebro y la influencia del ejercicio, recuerda que los beneficios del ejercicio son tantos y tan variados que no lo debes suspender y, si no has iniciado una rutina de actividad física, nunca es tarde.

 

Imagen © iStock / pablo calvo g

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