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Aunque cocines con poca sal y hayas desterrado al salero de la mesa, lo más probable es que todavía y sin saberlo estés consumiendo más sal de la que te conviene –  quizás hasta el doble de la cantidad recomendada.  Es hora de que descubras en dónde se esconde toda esa sal y que tomes medidas para reducirla para proteger tu salud.   

Quizá hayas escuchado que el exceso de sodio (sal) aumenta tu riesgo de desarrollar hipertensión, enfermedad cardíaca y accidentes cerebrovasculares. Idealmente debes procurar seguir las recomendaciones del Departamento de Agricultura de los Estados Unidos (USDA por sus siglas en inglés): que son las de consumir 2,300 mg de sodio al día (el equivalente a 1 cucharadita de sal) en el caso de los adultos saludables. Si ya tienes hipertensión o más de 51 años, la Asociación Americana del Corazón (American Heart Association o AHA) recomienda incluso, menos cantidad: 1,500 mg al día como máximo. Pero resulta que la mayoría de las personas, hasta un 75% de la población estadounidense, consume unos 3,400 mg diarios, ¡más del doble de lo que recomienda la AHA!

En el caso de la mayoría de los alimentos, la sal juega al escondite y encima, nos gana la partida. ¿De dónde proviene todo ese exceso de sal? Pues no precisamente del salero. El problema no es tanto la sal que le añades a la comida o que utilizas al cocinar, sino la que ya se encuentra en los alimentos. Esa es la que hace que el número de miligramos suba. Toda esa sal se esconde, principalmente, en los alimentos procesados, los alimentos enlatados y en la comida que ordenas en los restaurantes. Quizás te sorprenda saber que alimentos tan comunes como las sopas, los emparedados, los panes, las carnes ahumadas y curadas, el  jamón y los cortes fríos y hasta el requesón (cottage cheese), pueden esconder cantidades excesivas de sodio.

¿Cuál es la solución? Tener más cuidado a la hora de seleccionar y preparar los alimentos.  A continuación encontrarás algunos consejos prácticos:

  1. Ante todo, aprende a revisar y a leer las etiquetas. Selecciona aquellos alimentos que especifiquen que son: bajos en sodio, sin sal agregada, libres de sodio, reducidos en sodio o sin sal.
  2. Si contienen sal, en la lista de ingredientes busca el sodio y selecciona los que tengan menos de 100 mg por porción.
  3. Evita, en lo posible. comprar comida preparada o comer en  restaurantes. Es ahí donde las proporciones de sodio son más elevadas. Pero si lo haces, ordena porciones más pequeñas y elige vegetales frescos, carnes magras y frutas. Reduce la cantidad de aliño (aderezo), quesos y  mantequilla.
  4. Prepara tus comidas en casa siempre que puedas, utilizando hierbas aromáticas para condimentar y agregar sabor sin que extrañes la sal.
  5. Reduce a un mínimo el consumo de productos enlatados, especialmente sopas y salsas.
  6. Busca alimentos aprobados por la AHA (si vives en Estados Unidos), señalados en el envase con un corazón rojo y una marca de color blanco.

La idea no es comer sin sabor, sino evitar el exceso. Declárale la guerra a la sal escondida y la salud de tus arterias y tu corazón te lo agradecerán.

Imagen © Thinkstock / Fuse

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