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La marihuana o cannabis es una planta de la familia Cannabaceae y contiene más de ochenta compuestos químicos biológicamente activos. Los compuestos más conocidos son delta-9-tetrahidrocannabinol (THC) y cannabidiol (CBD) según datos de la Administración de Alimentos y Medicamentos de los Estados Unidos, mejor conocida por sus siglas en inglés FDA.

Como ya hemos comentado en los artículos previos, el THC es el componente que produce los efectos psicoactivos que son los que buscan principalmente las personas que consumen esta planta con fines recreativos. Es decir, son los que producen el “viaje” o “colocón” que experimentan los consumidores de marihuana. Por su parte, el CBD no produce estos efectos y es la sustancia a la que se le atribuyen algunas propiedades medicinales para tratar determinados trastornos, tales como algunos tipos de dolor neuropático o la epilepsia resistente, que es la que no mejora con ningún otro tratamiento.

Los expertos insisten en que es muy importante entender que la marihuana es diferente que el CBD. La planta contiene una gran cantidad de compuestos, como ya hemos dicho, y el CBD sólo es uno de ellos que es precisamente el que la FDA ha aprobado como medicamento para determinados pacientes con epilepsia grave.

Aún así, estas autoridades advierten que los datos sobre la seguridad del CBD son limitados e indican que existen riesgos reales derivados de su consumo. Por eso sólo se recomienda que se use para el tratamiento de casos graves de epilepsia en los que se considera que el beneficio puede superar al riesgo.

Victoria Mendizábal, bióloga y doctora en Farmacología por la Universidad de Buenos Aires y especialista en neurobiología de las adicciones y sustancias de uso recreativo, así como en divulgación científica, explica a Vida y Salud que la popularización del CBD en Argentina y otros países de América comenzó a raíz de las primeras evidencias de la eficacia del aceite de Charlotte en Estados Unidos para reducir el número de ataques epilépticos en niños con casos graves de esta enfermedad.

En este país se aprobó una ley en 2017 que permite el uso compasivo del CBD en estos niños, en parte gracias a la fuerza del asociaciones de madres que reivindicaban la importación de este producto para poder tratar a sus hijos con epilepsia refractaria.

Como explica la Dra. Mendizábal, esta ley representó un gran hito pero a su vez se quedó corta porque el gran problema para avanzar en este campo de la investigación es que “no lo podemos legalizar porque no hay evidencia científica pero, a la vez, no hay evidencia científica porque para estudiarlo prácticamente tienes que infringir la ley”.

Más tarde, en el año 2019, se implementa dicha ley y se acepta el autocultivo en este país “que es un gran punto de inflexión porque comenzó a ser legal cultivar tu propia planta anotada en un registro de autocultivadores y consumidores que se llama REPROCANN”.

Esta iniciativa ha sido pionera en Latinoamérica y, junto con los cambios legislativos alcanzados en Uruguay -que fue el primer país latinoamericano en aceptar no sólo el uso medicinal del CBD si no también el uso recreativo del cannabis-, empiezan a impulsar un cambio también otros países del entorno, como México, Chile e incluso Estados Unidos, donde algunos estados tienen permitidos ciertos usos del cannabis.

En el próximo artículo conoceremos mitos sobre el uso del cannabis para tratar el dolor y también podremos conocer consejos de los expertos sobre cómo abordar el tema del consumo recreativo de esta sustancia con los adolescentes.

 

Por Karla Islas Pieck
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Imagen: ©istock / panida wijitpanya

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