Mantenerse activo no solo ayuda a cuidar el corazón o los músculos. Cada vez hay más evidencia de que el ejercicio físico también desempeña un papel clave en la salud cerebral. Sin embargo, los expertos advierten de que no basta con “moverse un poco”. La intensidad, la frecuencia y el tipo de actividad física influyen directamente en su impacto sobre la memoria y la función cognitiva.
Con el envejecimiento, el cerebro experimenta cambios naturales que pueden afectar a la memoria, la atención o la velocidad de procesamiento. La inactividad física, además, se considera uno de los factores de riesgo modificables más importantes en el deterioro cognitivo. Por eso, entender cómo el ejercicio protege el cerebro se ha convertido en una prioridad en un contexto marcado por el aumento de enfermedades neurodegenerativas.
Por qué el ejercicio influye en la salud cerebral
Existe una conexión directa entre el movimiento de los músculos y el funcionamiento del cerebro. Cuando hacemos ejercicio, el cuerpo libera sustancias químicas que viajan a través de la sangre y actúan sobre diferentes regiones cerebrales. Entre ellas destaca el BDNF, una proteína fundamental para la supervivencia y reparación de las neuronas.
Marta Arbizu Gómez, graduada en Física por la Universidad de Barcelona y con un Máster en Ingeniería Biomédica por la Universidad del País Vasco, en España, explica que «hacer ejercicio no solo es bueno para el corazón o los músculos, sino que es una medicina directa para proteger nuestro cerebro y nuestra memoria». Esta proteína actúa especialmente sobre el hipocampo, una región clave para el aprendizaje y la memoria.
Gracias a estos mecanismos, la actividad física ayuda a mantener la plasticidad cerebral, favorece la creación de nuevas conexiones neuronales y mejora el flujo sanguíneo del cerebro. Todo ello contribuye a preservar la función cognitiva durante el envejecimiento. Igual que ocurre con los músculos o el sistema cardiovascular, la falta de actividad física puede acelerar el deterioro y reducir la capacidad de respuesta del organismo frente al paso del tiempo. Mantenerse activo de forma regular ayuda a que el cerebro conserve durante más tiempo su capacidad de adaptación y recuperación.
La intensidad y la regularidad marcan la diferencia
La evidencia científica apunta a que no toda la actividad física tiene el mismo efecto sobre la salud cerebral. Aspectos como la intensidad, la frecuencia semanal o el tiempo dedicado al ejercicio influyen en los beneficios cognitivos que se pueden obtener. Por eso, los especialistas insisten en que no basta con realizar actividad de manera ocasional.
Uno de los factores más importantes es la intensidad. Para que el ejercicio tenga un impacto significativo sobre la cognición, debe alcanzar un nivel moderado o vigoroso. Arbizu señala que «la intensidad es determinante porque activa procesos relacionados con la mejora del flujo sanguíneo cerebral y otros mecanismos importantes para la función cognitiva». Una forma sencilla de orientarse es comprobar si hablar mientras se realiza ejercicio supone cierto esfuerzo.
La duración también es relevante. Los estudios apuntan a que entre 70 y 140 minutos semanales de ejercicio moderado, o entre 35 y 75 minutos de actividad vigorosa, pueden generar beneficios cognitivos medibles. Aun así, los especialistas recuerdan que cualquier cantidad de movimiento es mejor que el sedentarismo y que adquirir el hábito de mantenerse activo ya supone una ventaja importante para el cerebro.
Además, la regularidad parece ser tan importante como la intensidad. Mantener una rutina estable en el tiempo permite consolidar esos efectos positivos sobre la salud cerebral y favorece que el organismo responda mejor al envejecimiento. La clave no está únicamente en hacer mucho ejercicio un día concreto, sino en incorporar el movimiento como parte habitual del estilo de vida.
No todos los ejercicios estimulan el cerebro igual
El tipo de ejercicio también influye en cómo responde el cerebro. Las actividades aeróbicas, como caminar, nadar o montar en bicicleta, ayudan a mejorar el flujo sanguíneo cerebral y favorecen regiones relacionadas con la memoria y el aprendizaje. Además, se han asociado a un mejor mantenimiento del hipocampo, una de las áreas más importantes para la memoria.
Sin embargo, los expertos recomiendan combinar distintos tipos de actividad física. El entrenamiento de fuerza contribuye a mejorar la comunicación entre neuronas y la resiliencia cerebral, mientras que ejercicios de coordinación y equilibrio, como baile, pilates o yoga, obligan al cerebro a procesar información compleja y rápida, estimulando nuevas conexiones neuronales.
Este tipo de actividades también exigen concentración, adaptación y coordinación, lo que supone un reto adicional para el cerebro. Precisamente por eso, disciplinas como el baile o ciertos ejercicios de equilibrio pueden resultar especialmente interesantes desde el punto de vista cognitivo. Además, incorporar variedad evita la monotonía y favorece la adherencia a largo plazo.
Algunas de estas actividades también ayudan a reducir el estrés y los niveles de cortisol, una hormona que, cuando permanece elevada durante mucho tiempo, puede afectar negativamente al cerebro. Por eso, combinar ejercicio aeróbico, fuerza y coordinación parece ser una de las estrategias más completas para proteger la salud cognitiva durante el envejecimiento.
Moverse más hoy para cuidar el cerebro mañana
El envejecimiento cerebral no depende únicamente de la genética. Los hábitos de vida tienen un papel importante, y el ejercicio físico es una de las herramientas más accesibles para actuar sobre ese riesgo. Mantenerse activo no garantiza evitar enfermedades neurodegenerativas, pero sí puede ayudar a preservar durante más tiempo la memoria, la autonomía y la capacidad funcional.
Los especialistas recuerdan que nunca es tarde para empezar. Incluso pequeñas cantidades de actividad física generan beneficios frente al sedentarismo, especialmente en personas que antes llevaban una vida poco activa. La clave está en la regularidad y en convertir el movimiento en parte de la rutina diaria.
Entender cómo influye el ejercicio en la salud cerebral ayuda a cambiar la forma en la que vemos la actividad física. No se trata solo de mantenerse en forma, sino también de cuidar el cerebro y favorecer una mejor calidad de vida con el paso de los años. Incorporar hábitos activos en el día a día puede convertirse en una de las medidas más sencillas y eficaces para proteger la salud cognitiva a largo plazo.
Preguntas frecuentes
¿El ejercicio ayuda a proteger el cerebro?
Sí. La actividad física mejora el flujo sanguíneo cerebral y favorece nuevas conexiones neuronales.
¿Qué tipo de ejercicio es mejor para la memoria?
La combinación de ejercicio aeróbico, fuerza y coordinación parece ofrecer mayores beneficios.
¿Cuánto ejercicio hay que hacer para cuidar el cerebro?
Entre 70 y 140 minutos semanales de actividad moderada pueden generar beneficios cognitivos.
¿Caminar es suficiente?
Ayuda, aunque combinar distintos tipos de ejercicio parece más beneficioso para el cerebro.
¿Se puede empezar a hacer ejercicio a cualquier edad?
Sí. Los expertos recuerdan que cualquier cantidad de actividad física es mejor que el sedentarismo.
Por Miguel Ramudo
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